Un amor de tranquila convivencia
tras otro intenso, real, el primero,
que celosos el Mundo y la Vida
y hasta la Muerte, te arrebataron.
Veinte años de sosiego,
tranquilidad emocional,
nubes calmas de paso, vientos
y sol, repartiéndose el momento.
Y el fruto que nace
de propicias condiciones.
Amor condicionado
por el paso del tiempo.
Y súbitamente, la tempestad,
tiempos revueltos,
los segundos delante,
detrás los primeros,
abismos y precipicios de futuro
ramas secas, pútridas cuerdas,
puntas al rojo, carroñeros que acechan
sobre camas salvadoras y blandas.
El cuerpo aún sobrevive,
pero qué decir sobre el alma.
Turbulentos se arrebujan,
los pensamientos y el afecto.
El amor, con el viento viene y va,
y viene uno... y se va otro.
La pureza se arremolina,
se entrelaza a lo prohibido.
Se confunden el amor y la vida,
y los frutos de árbol,
y la pasión con la muerte
y el fin, con el vértigo al vacío.
Hay que meditar sobre el salto,
primero si es el primero
y por último, si es el último,
o si lo último... lo primero.
Y sobre el amor nuevo....
¡Qué decir sobre el nuevo!
¿Un clavo ardiendo,
un buitre... o un butronero?
Rapaces inmundas y carroñeras,
moribundo el cuerpo o el alma
o el ánimo o las ganas,
los desgajan y maman.
Sólo te quedan los restos.
¿Qué hacer con ellos?
Con una costilla... no sé
con un corazón roto... tampoco.
Podemos hacer un montón,
un montón de cosas,
que soporte nuevos tiempos,
que albergue otras mariposas.
Olvidemos todo: lo pasado,
casi lo presente y lo presenciado.
Olvidemos el corazón,
y lo que habíamos olvidado.
Andaremos con los muñones,
sobre nuestros rastrojos.
Miremos tan solo hacia delante,
y de soslayo.. sólo lo importante.
Sin prisas, sin convulsiones,
lentamente, espectantes,
al acecho de alguna señal,
de alguna luz que llene los huecos.
Y se suelden los huesos
con amalgama de penas y sufrimientos;
y una nueva torre de rinobucleico
nos permita salir de entre los muertos.